Las piezas dormían. Una posición suspendida en el tiempo, a la espera de que se desentrañase el problema.
Dos pares de ojos observaban el tablero. Uno de ellos miraba, estaba aprendiendo; otro de ellos observaba, estaba enseñando.
- ¿Alguna vez has visto a alguien dormir? Le preguntó el maestro al aprendiz que apenas se iniciaba en el juego de reyes.
Es como si de una manera u otra, todas las barreras que pudieran existir de manera consciente desaparecieran. Te conviertes en alguien vulnerable, que respiración tras respiración, va dejando escapar al aire todas sus dudas, sus problemas, sus sueños...
- Yo sólo vería a alguien que duerme, objetó el aprendiz..
- Y sin embargo está todo ahí, lo que pasa es que no sabes verlo. Una vez me contaron una vieja historia. Decía que en el ajedrez, las piezas en un principio tenían vida propia, que se podían desplazar por el tablero a su antojo, peleando unas contra otras, desarrollando largas batallas sin fin, que no se detenían hasta que uno de los ejércitos perdía, hasta que uno de los reyes era acorralado y derribado.
Los ojos del maestro parecían perdidos en un tiempo lejano. Parecían buscar imágenes ya extintas, improntas de su retina que nunca volverían, pero que se resistían a desaparecer
- ¿Y que diferencia hay con el ajedrez actual?
- La diferencia, mi querido niño, reside en las relaciones. No te puedes pelear una y otra vez con otro sin llegar a conocer muy bien a tu adversario. Tras muchas batallas surge el respeto mutuo, tras el respeto va una cierta camaradería, y tras la camaradería, una amistad que si bien nunca va a desarrollarse del todo, siempre permite tomarse algo después de la partida y comentar las mejores jugadas con una sonrisa en los labios.
- ¿Y que fue lo que pasó?
- Lo que siempre ocurre. Si bien las piezas empezaron a conocerse y a respetarse, los jugadores cada vez estaban más distanciados y enfrentados, ocupados como estaban en absurdas estrategias, estudiando tácticas y posiciones sin detenerse a pensar en lo que en un principio les había hecho empezar a jugar.
- ¿Y que era eso?
- ¿Qué te ha hecho empezar a jugar?
El aprendiz reflexionó unos instantes.
- Lo que me gusta del ajedrez es que me divierto,
- Exactamente; el maestro asintió complacido. La tragedia es que nunca llegaron a recordarlo.
- ¿Y las piezas?
- Cada vez fueron absorbiendo más y más de los que las manejaban. Poco a poco las partidas fueron más y más largas, porque todos analizaban una y otra vez todos los movimientos, todas las posibles variantes, todos los mates y aperturas. Hasta que al final todas las piezas dejaron de moverse, habían perdido toda la espontaneidad que les caracterizaba.
Y ya sabemos lo que pasa cuando siempre estas en una posición inamovible, que cada vez te cuesta más aceptar otros puntos de vista.
Las piezas dejaron de relacionarse. Para que la competición continuase ellas se habían detenido. Ahora están como dormidas, suspendidas en el tiempo, esperando que alguien las saque de su letargo. ¿Ves ahora?
- Sí, ahora veo.
- Entonces juega.
Una lágrima cayó, lenta y pausada a través de toda la superficie de la pieza, hasta formar un pequeño charco en el suelo blanquinegro sobre el que descansaba.
Entonces tocó decidir lo más difícil.
¿Como se moverían através de aquel tablero?
¿Cuales serían los movimientos adecuados?
¿Acaso instaurar los mismos movimientos para todos, dejando que todas las piezas fueran iguales?
¿O hacer que cada uno muestre un movimiento característico, único, que lo defina de manera inequívoca?
¿Como se moverían através de aquel tablero?
¿Cuales serían los movimientos adecuados?
¿Acaso instaurar los mismos movimientos para todos, dejando que todas las piezas fueran iguales?
¿O hacer que cada uno muestre un movimiento característico, único, que lo defina de manera inequívoca?
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lunes, 5 de septiembre de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
Olvido
Todos aguardaban expectantes. El próximo movimiento podría ser decisivo. Pero éste no llegaba.
X contra Y; una partida a la antigua usanza, esperando los movimientos de tu oponente encerrados en un sobre (el ordenador, los correos electrónicos, carecían del romanticismo de la espera, sagrado deleite del tiempo dilatado).
Todos sabían que la espera podía ser de semanas, incluso de meses (el lugar estaba alejado y el correo llegaba lento, muy lento) Sin embargo, incluso para una partida por correspondencia la demora estaba siendo excesiva.
Todas se miraron en el tablero (único escenario de la tragedia que se estaba jugando), inquietas, en busca una explicación a aquel retraso en los rostros de los otros, pero lo único que veían reflejado, era su propio desconcierto, una y otra vez; en cada cara, gesto o expresión.
Algunas piezas, amenazadas durante todo este tiempo, suplicaban el poner fin a su tormento, la desaparición de la incertidumbre acerca de su destino. Era muy posible que murieran, pero querían saberlo ya.
La reina negra observaba impotente como la dama blanca cercaba a su marido en un baile quizá letal, pero se veía avocada a una forzada inactividad de la que no podía escapar, maldiciendo al destino entre dientes.
Incluso las piezas que ya habían abandonado este mundo y compartían suerte con compañeras de otras razas y credos en el limbo de la caja, añoraban días de luz y sol, segundas, terceras o infinitas oportunidades de demostrar que esta vez sí, que ahora vencerían.
Sin embargo, pocos se esperaban lo que pasó a continuación, la terrible noticia, el mazazo que les cayó encima como un jarro de agua fría apagando la trémula llama de sus ilusiones: el corresponsal, el oponente, había muerto. Fin de la partida, volvían todos a la caja.
Y fin de la historia, pensarán muchos. Pero lo que no pueden saber es que que las piezas pueden retener algo de lo jugado, que el recuerdo evocado puede surgir en el momento más inesperado...
Y de lo que tampoco se dan cuenta es de que algunas piezas parecen encogerse al sentirse amenazadas, afanándose el resto de sus compañeras por rescatarlas; que la caja tiende siempre a volcarse para que las prisioneras puedan ver la luz y , quizá tampoco se den cuenta como, de una manera quizá imperceptible la reina negra se vuelve más resolutiva y letal conforme la dama blanca hace su aparición en el campo de batalla.
No puede ser, te dirás, las piezas no recuerdan. Es verdad, no recuerdan. Pero tampoco olvidan.
jueves, 9 de junio de 2011
Reunión
La decisión estaba tomada. El campo de batalla sería una sucesión de cuadros blancos y negros, a juego con nuestros colores, se aventuró a decir la reina blanca con gran emoción.
Pero entonces tocó decidir lo más difícil ¿Cómo se moverían a través de aquel tablero tan bien elegido?¿Cuáles serían los movimientos adecuados?¿Acaso instaurar los mismos movimientos para todos, dejando que todas las piezas fueran iguales?¿O hacer que cada una muestre un movimiento característico, único que lo defina de una manera inequívoca?.
Las opiniones eran encontradas. Algunos peones estaban de acuerdo con que si ellos eran los que iban a estar en primera línea debían ser los que hicieran los ataques más mortíferos y ser capaces de moverse por todo el tablero. El rey blanco, por el contrario opinaba que los que deberían hacer los grandes movimientos fueran los caballeros, ya que para eso corría por sus venas la sangre noble. El alfil negro, sin embargo, peroraba acerca de la necesidad de enfrentarse unos a otros, ¿Acaso no éramos todos iguales en manos del destino? Pero nadie le hacía caso.
Probaron a colocarse en la posición de batalla. En un primer momento los reyes se pusieron delante de sus ejércitos, pero pronto se vio que si el objetivo iba a ser matar a ambos monarcas no podían estar tan expuestos. El rey blanco se fue pomposamente, dejando caer su espada con evidente asco. El rey negro, dando grandes muestras de alivio, aconsejó a un peón que se abrigara más, no fuera a pillar un resfriado, mientras le daba su espada.
Evidentemente, toda la corte no se quiso alejar de su monarca, por lo que acudieron junto a ellos a la fila trasera. Los peones, resignados a ser carne de cañón, eligieron hacer movimientos pequeños, estratégicos y no lanzarse de cabeza a las filas enemigas.
Llegó entonces el momento de decidir los movimientos de todos los de la corte. Los caballeros estaban ansiosos por estar en el campo de batalla, indignados por saberse obligados a estar siempre detrás de la infantería. Una afrenta a nuestro honor, decían unos, un insulto a nuestra capacidad como guerreros, opinaban otros. De modo que se decidió el que pudiesen saltar por encima del resto y presentar batalla allá cuando considerasen necesario, en pro de defender a la corona que habían jurado proteger con su vida.
Los alfiles, acostumbrados a las intrigas de la corte y a salirse siempre por la tangente, decidieron moverse de manera oblicua, cada uno por un color del tablero (así abarcaremos más, dijeron). Las torres, sin embargo, atentas a su estricto código, decidieron avanzar siempre en línea recta.
Quedaban pues, por decidir, los movimientos del rey y de la reina. Los cuatro se juntaron en una esquina del tablero y se pusieron a dilucidar cuales serían los adecuados. El resto intentaban escuchar que se estaba debatiendo, avanzando casilla a casilla, los pies de puntillas en el borde del tablero, pero sólo llegaron a sus oídos apagados susurros de la conversación.
Después de unos momentos que a todos se les antojaron eternos a la mayoría ambas parejas de reyes se acercaron al centro del tablero, donde todos estaban esperando.
El rey blanco explicó cuales serían sus movimientos, para que después la reina negra explicase los suyos.
Los alfiles expresaron enseguida su indignación; mientras los caballos y los peones empezaron a murmurar entre ellos. Eso significaba que las reinas se encontrarían en pleno campo de batalla, mientras los reyes se encontrarían en la retaguardia.
Ellos se miraron con resignación, ellas, sin embargo encontraron en el rostro de la otra el desafío que sus propias facciones delataban.
Todos comprendieron.
El juego comenzaba.
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